Sila | retiro y muerte

Retiro y muerte

Sila en un denario acuñado por su nieto.

Contrajo matrimonio en condiciones muy románticas con una bella y jovencísima viuda, Valeria Mesala, hija del cónsul Marco Valerio Mesala Níger. Durante unos juegos gladiatorios, Valeria se sentó casualmente junto a Sila, «alargó hacia él la mano, y arrancando un hilacho de la toga de Sila, se dirigió a su asiento. Volviéndose Sila a mirarla con aire de extrañeza, ella le dijo: "Nada hay de malo, ¡oh general!, lo único que quiero es tener también un poco de tu suerte". Oyolo Sila con gusto, y aún dejó ver claramente que le había hecho impresión, porque al punto se informó reservadamente de su nombre y averiguó su linaje y conducta. Siguiéronse después ojeadas de uno a otro, frecuente volver de cabeza, recíprocas sonrisas, y, por fin, palabra y conciertos matrimoniales, de parte de ella quizá no vituperables; pero para Sila, aunque se enlazó con una mujer púdica e ilustre, el origen de este enlace no fue modesto ni decente, dando lugar a que se dijese que se había dejado enredar, como un mozuelo, de una mirada y un cierto gracejo, de que suelen originarse las pasiones más desordenadas y vergonzosas».[39]

Fue con gran sorpresa que Sila renunció repentinamente a la dictadura y se retiró del poder, convirtiéndose en un simple privatus. La fecha en que Sila abdicó de la dictadura y volvió a la condición de privatus es objeto todavía de controversia y, en la práctica, ha sido datada en casi todas las ocasiones posibles. Son dos las propuestas con más posibilidades. Por un lado, autores como Ernst Badian sugieren que Sila se retiró paulatinamente, primero dejando la dictadura a fines de 81, invistiendo el consulado en 80, junto a Metelo Pío, y finalmente, privatus en 79.[cita requerida] Sin embargo, ya que Apiano afirma tajantemente que Sila aún era dictador cuando asumió el consulado, otros historiadores sitúan su renuncia a fines del año 79, coincidiendo con el término del año legal de mandato y la proclamación de los nuevos cónsules.[cita requerida] Se ha tratado[¿quién?] de conciliar ambas posturas sugiriendo que la abdicación de Sila ocurrió en algún momento de 80 —quizá en julio o agosto— pero antes de las elecciones consulares para el año 79, fecha en la que ya fue un simple privatus.

Aunque la información de la que disponemos es superficial para intentar un juicio definitivo, la abdicación de todos los poderes públicos y retiro a la vida privada del dictador han suscitado las más diversas hipótesis. Por una parte, algunos investigadores[¿quién?] consideran este retiro como la culminación natural y lógica de la obra silana de restauración del Estado, dejando camino libre a las instituciones ordinarias. Enfrentados a ellos, otros[¿quién?] la suponen una salida obligada a la frustración de una pretendida monarquía, que no pudo cuajar o, cuanto menos, un retiro forzoso debido a un presunto fracaso de sus intentos de revitalizar la República.[cita requerida]

En cualquier caso, Sila abdicó de todos sus poderes ante la asamblea popular, sin aceptar el proconsulado que le atribuía el gobierno de la Galia,[cita requerida] manifestándose dispuesto a rendir cuentas de su gestión ante la opinión pública. Al no planteársele ninguna pregunta,[cita requerida] despidió a los lictores y regresó a su casa como simple privatus. Según Plutarco:

...hasta tal punto tenía más confianza en su fortuna que en sus propias acciones que, luego de haber matado a tantos y efectuado tantos trastornos y mudanzas en el Estado, renunció al poder, dejó al pueblo árbitro y dueño de sus comicios consulares y no participó en las elecciones, sino que paseaba por el Foro como simple ciudadano, exponiendo su persona a los atropellamientos e insultos.

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Se instaló en una villa de Puteoli, en Campania, cerca de la perteneciente a Cayo Mario, la cual vendió a un precio ridículamente[cita requerida] bajo a su hija Cornelia. Allí escribió los 22 libros de sus Memorias (completadas más tarde por su liberto Cornelio Epicado) y regresó a las grandes fiestas y a las disolutas compañías que caracterizaron su juventud, dedicando su tiempo, en palabras de Plutarco, a beber con ellos y contender en bufonadas y chistes, haciendo cosas muy impropias de su vejez y que desdecían mucho de su autoridad. Y así permaneció, lúcido y jocoso, dirigiendo sus asuntos con la misma manera imperiosa y expedita de siempre, hasta el mismo día de su muerte. No tomó medidas especiales de protección, si es que no lo eran suficientes la liquidación de todos sus enemigos y el ejército en potencia de sus 120 000 veteranos fieles, algunos de los cuales estaban asentados en las proximidades de su retiro.[cita requerida]

Sila falleció como consecuencia de una terrible enfermedad que, a tenor de lo descrito por Plutarco,[44]

Tras su muerte en el año 78 a. C. y, ante las dudas sobre qué hacer con su cuerpo, un grupo de sus veteranos lo cargó desde su villa privada hasta el Campo de Marte romano, donde construyeron una gran pira fúnebre en la cual incineraron el cadáver del ex dictador, dando a continuación sepultura a sus cenizas. Su epitafio, redactado por él mismo, venía a reducirse a que nadie le había superado ni en hacer el bien a sus amigos ni el mal a sus enemigos.[45]